Te pienso.
Te recuerdo con ganas.
Estás a dos vuelos y un tren de distancia.
(El banco parece más grande ahora)
Tenía que perderte.
Tenía que perderte para salvarnos.
Nuestras conversaciones se edulcoran cada día que pasa, mientras crecen las ganas de arañarnos la piel.
Seguimos sin saber del futuro, ese ser extraño que se escurre cuando me acerco, manteniéndose siempre a una distancia prudente- como hacías tú.
Sé cuando lo toque, todo estallará en pequeños puzzles que tendré que ordenar. Y querré que estés aquí para ayudarme.
Déjame las manos libres.
Pero no me sueltes.
(El agua del lago es del color de tus ojos, pero menos profundo, menos brillante. Lleno de nenúfares en lugar de legañas. Y no sé en qué momento aborrecí los nenúfares. Yo prefiero tus suciedades junto con los "Buenos días")
No buscamos lo perfecto (ya no), porque nos encontramos.
Dos tarados del revés girando sobre un mismo eje, cansados de decir que No a la vida.
Cuando tus ojos dicen que sí,
cuando tus labios lo susurran,
cuando tus manos lo buscan.
Cuando no hay otro camino que tus lunares ordenados sobre la cama...
(Está pasando un barco. Me distraigo. Es el día 7 fuera de casa. Una semana queriendo verte y escribirte. Escribirte...Nunca ha sido fácil contigo. Mido mis palabras bajo tu juicio. Tus ojos me examinan con lupa.)
No quiero cambiar tus taras -entiéndeme-, quiero limar tus esquinas para que sean ovaladas.
Para poder rodar juntos en la cama y que mis ángulos agudos se abran por tí.
Para que entres.
Y te quedes.