Déjalo.
No te arriesgues.
No lo intentes.
No me hables de otras que sí consiguieron sacar algo de ti.
No te esfuerces tanto en que me dejes de gustar. Porque
funciona. Y no me dejo.
Y en cuanto a mí, joder, a mi ya me vale también.
Esta ridícula obsesión mía no es más que un intento infantil
por conseguir lo único que se me ha negado en mucho tiempo.
Tú.
Que nunca has tenido nada porque “no lo merecías”,
y cuando te has visto dos días seguidos en la misma cama,
te has cagado encima.
Pues nada,
ahora a seguir cada uno por su cuenta,
aunque ni siquiera me hayas dado aviso de desahucio.
Patada en el culo y carretera.
Y aunque no espero nada
en el fondo este orgullo mío hace lo imposible por verte,
para luego no hacerte ni puto caso.
¿Sentido? ¿Lógica?
Somos dos niños en un patio de recreo,
tu me estiras de las trenzas y yo te escondo los porros.
Cada cual más estúpido, más mimado y más egoísta.
Pero tú más.
Tú siempre más.
Él, que nunca miente, se ahoga en eufemismos.
Necesitamos “enfriar” las cosas,
cuando la realidad es que tú estas en la única tabla que
flota
y yo en el fondo del atlántico con Jack.
Ojalá termines yéndote a la India.
Y que la distancia sea mera geografía.
Y no sea tan sencillo el llamarte.
¿Sabes qué?
No estoy hecha para esperar. Y tú no estás hecho para nadie
más que tú mismo.
Y, créeme, aunque no hay otro lugar en el mundo en el que
quiera verte más que entre mis piernas, prefiero que te vayas a la mierda.
Y ojalá que cuando quieras volver yo no esté borracha y tu
no lleves mi bufanda.
Y ojalá que quieras volver
y yo no.
El jodido sofá aún huele a ti.
He perdido todas nuestras fotos.