[Desde aquel día todos los días me saben a Domingo.
Y todos los tragos me saben a alcohol, pero ninguno cura]
No hizo falta ni una sola de tus palabras para desencadenar
el pánico.
Este revoltijo de tripas al que ahora llamo corazón, gruñe por
dejar salir una frase,
o un grito.
Todo a borbotones.
Vibrando.
Buscando.
Deseando entender….
Qué
esperabas
de mí.
Si no nos debemos nada.
Excepto alguna disculpa y un gracias por lo vivido.
Por lo bebido
Por lo sentido
Por lo dormido
Por lo perdido.
“Decepcionar abre los ojos y cierra el corazón”
Quizás ese era el último paso a dar antes del entierro.
Antes del portazo silencioso.
El fin del capítulo de esta estúpida telenovela.
Quién marca los límites, las distancias, las explicaciones
quién decide qué hacer una vez que todo ha acabado.
Cuando no somos uno,
ni dos.
Cuando no te veo pasar por mi barrio.
Cuando estoy tan lejos del ruido de tus cuerdas.
Cuando mi espalda ya no tiene tus manos.
Cuando mis ojos se pierden en otras calles
¿Quién coge el teléfono?
No puedo llamarte.
Aunque no haga otra cosa que pensar en ti. Y en esto.
No puedo.
Porque eso sería dar explicaciones que yo no querría oir.
Porque yo
no quiero
saber jamás
quién
va a ser
la que arregle
mis errores.
Y aún teniendo así de claro que no le pido permiso al
viento...
si te duele, me mata
la culpa.