Madrid nunca me había parecido tan pequeña. Temo doblar cada esquina.
Paseo por Malasaña.
Busco un café. O estar sola.
El camarero es cubano y su acento es el edulcorante perfecto.
No hay leche de soja. Pero hay un sofá con estampado de abuela.
Compensa. Me siento.
Hay jarrones por todas partes y... Joder, no. No eres tu. De hecho no se parecía en nada a ti.
La mente me pone trampas.
El enanito del hemisferio en el que te guardo se parte el pecho de la risa.
Vaya cara de susto. Vaya pelos de espanto.
-Calla enano cabrón. Céntrate en seguir quemando archivos.
Me siento demasiado lejos de casa. Y ni siquiera sé dónde queda eso.
Estas calles me dan ganas de fumar.
Madrid significa tres en la cama, risas, moño, reinas,
sexo paternofilial.
Dedos. Madera. Cortinas.
Rencor.
He subido en un coche con tres extraños y aun así has salido tú.
La barba. Las gafas cuadradas. Joder.
No. No eras tú.
Sólo es otra maldita ciudad llena de hipsters.
Hay una pareja que se ha sentado a mi lado. Junto al sofá de estampado de abuela. Recuerdo la rabia que nos daban las otras parejas.
Ahora las velas están encendidas.
Es la hora de los mimos.
Hora de irse.
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